Hija, aburrite conmigo
Como se dice, cada hijo es distinto.
En común tienen esa claridad con la que nos muestran limitaciones propias.
Igual que ese químico que se activa en forma de tinta azul al entrar en contacto con la orina y que se agrega al agua de la piscina para inhibir a los niños -¡y no tan niños!- de ceder a la tentación… (lo vi en una película de Adam Sandler).
Vemos a uno de nuestros hijos rechazar cualquier juego en el que no se destacará, y ¡Chan! Manchón de tinta azul, alguien se hizo pis. No culpen al niño, fui yo señorita, el padre: tanto necesito que mi hijo se destaque que inevitablemente, diga lo que diga, salió así.
Magalí tiene 9 años y es la más chica de mis tres hijos. Los otros dos tienen 18 y 15.
(Yo también soy el tercero…. y va el tercero, va el tercero, va el tercero … 🐔).
Desde luego, Magalí sufre y disfruta de su terceridad: le tocó un padre más cansado pero también más relajado; más experto pero también menos dedicado.
Beneficios y perjuicios de recibir menos atención (yo creo que los beneficios son más que los perjuicios, pero claro, eso lo digo yo que soy el padre…).
La cuestión es que Magalí tiene menos cuentos y más tablet.
Cada tanto, me doy cuenta de que necesita más límite y no queda otra que diseñar un sistema de alarmas acorde.
- Maga, cuando te suena el smart-watch, apagás la tablet y tampoco podés ver la tele; hasta que vuelva a sonar y ahí te doy una hora más.
- Pa, ¿una hora es poco o mucho?
Lindo desafío el de responder esa pregunta a una niña de 9 años.
- Hagamos una cosa, yo pongo la alarma y vos después me contás si te pareció poco o mucho tiempo. (Zafé).
“Pa, me aburro” es una de sus declaraciones más frecuentes. Los que son padres me entenderán.
Y qué les decimos en esos casos: bueno, aburrite un poco, no es tan grave.
Sin embargo, ayer me pasó algo distinto. No sé si será por las vacaciones de verano, los días de febrero tan agradables que estamos teniendo, el último libro de Pennac que devoré o la mayor conexión que vengo sintiendo con Magalí en los últimos meses. La cuestión es que el niño saltó en mí. ¿Cuán a menudo tu niño salta en vos?
Ahhhh qué bellos son los ataques de infancia. Fumar un cigarrillo imaginario recostado en la reposera del jardín; esperar que caiga el sol para mear en ese mismo jardín sin que nadie me vea, esparciendo la orina como si fuera un bombero apagando el fuego; correr al espejo y verme hacer el robot cuando algo me salió bien…
Esos ataques de infancia en los que el niño que fuimos reivindica su cuerpo (que aún vive en el nuestro) nos llena de vida, si es que podemos escucharlo y sentirlo y abrazarlo.
Y entonces recordé. Los veranos que pasaba junto al mar en casa de mi Bobe y Zeide, y cuánto me gustaba aburrirme con ellos.
Vuelvo a configurar la alarma, solo que esta vez no sonará en el smart-watch de Maga sino en mi teléfono. 30 minutos antes del ring que la habiliará a ella a retomar su vicio. Cuando suene, me descalzaré, tomaré mis cigarrillos imaginarios y me sentaré junto a ella, que estará pintando en alguna hoja blanca, más por hacer algo que con real entusiasmo.
Hija, aburrite conmigo.