Usar los anteojos
- Bobe, ¿ustedes cómo eran cuando eran grandes?
- Nosotros somos grandes, ¿vos querés saber cómo éramos de chicos?
- No, ¡cómo eran cuando eran grandes!
- ¡Pero si somos grandes ahora!
- No Bobe, ustedes no son grandes: ¡ustedes son viejos!
El diálogo de arriba no es inventado, cito tal cual lo que mi hija de ocho le dijo a mi madre de setenta y dos. Una maravilla la claridad de los niños para describir la realidad sin el velo de los adultos.
La anécdota me hizo reflexionar sobre el rol del cuerpo en el crecimiento adulto. De esto último, del crecimiento y su diferencia con solo cumplir años, hablo mucho en Switch, la mentoría de hombres que creé. Detectar el lugar en el que sin darme cuenta juego el segundo tiempo como si todavía fuera el primero; contactar con el deseo de hoy y decidirme a resetear el piloto automático para cambiar.
Pero… ¿qué rol juega el cuerpo? ¿cómo influye el cambio de nuestro cuerpo en este proceso de crecimiento?
La pregunta me lleva a una frase que leí hace tiempo y me gusta mucho: envejecer es la única manera de no morir joven.
Así como muchos de nuestros hábitos siguen atados a deseos y creencias que teníamos en otra etapa de la vida y convendría actualizarlos para vivir más acorde a quienes somos hoy, así pasa con nuestro cuerpo. ¿Cuántas veces seguimos aguantando el esfuerzo de leer sin ponernos los anteojos de cerca?
A partir de hoy, voy a agrandar el tamaño de letra del celular. Voy a ponerme los anteojos de cerca cada vez que me dispongo a leer un libro. Voy a intentar ser más conciente a la hora de detectar cada cambio en mi cuerpo, y apreciar el impacto que tiene en mí el paso del tiempo.