Cuerpo
Breve diario del cuerpo de Juan
Hola, soy el cuerpo de Juan. Al fin alguien se dispone a escucharme.
Durante estos minutos voy a contarles algunas de las cosas que me pasaron a partir de las clases de Male, dentro y fuera de clase.
Aquí nosotros, los pies.
Sí, en plural. Somos mellizos, pero dos pies al fin.
Hace 47 años que sostenemos al resto del cuerpo y casi nadie nos presta atención.
Yo, el pie izquierdo, no entiendo cómo hacen allá arriba para vivir tan lejos del suelo, de la tierra. Hay tanta vida en ella!! Y texturas!! Andar desnudos sobre el pasto nos da fuerza, desde ya, pero hay mucho más: por ejemplo, cuando hacemos la clase en medias todo el cuerpo gana en relax, pero descalzos… eso es otra cosa, uno siente la temperatura subir y bajar.
Descubrí que estando el cuerpo incorporado, si separamos los dedos y nos inclinamos sutilmente hacia delante, el peso se distribuye mejor y entonces puedo permanecer más tiempo, firme y relajado a la vez, como un árbol. Eso, justo como un árbol: los pies somos raíces móviles.
Y mejor aún, si en lugar de estresar las rodillas para extenderlas, las aflojamos… esa manía que tienen arriba por las líneas rectas… pero si en el cuerpo nada es recto!
Cuando hago todo esto junto -dedos enraizados, peso hacia adelante, rodillas flojas- hasta se me vuelve a formar el arco!!
Cuando nos ponen planta con planta, con mi hermano, y hacemos un poco de fuerza para apoyarnos realmente en el otro, aparece algo que no sabía nombrar: presencia. Un “Ahhhh acá estamos, izquierdo y diestro reunidos”.
Un saludo a mí mismo.
Hola, soy un fuego en el pecho de Juan.
La General Paz me inflama. No sé para qué carajo este pibe se anota en una formación en Núñez viviendo en Tristán Suárez y mandando a sus hijos al colegio en Cañuelas.
Una voz que no sé de dónde viene intenta calmarme: “hay que habitar la distancia; la distancia es la posibilidad de crecer” pero yo no quiero callarme. Además, esta distancia es bien precisa -75.3 km- y el peaje del todo concreto: 4 horas que equivalen a 240 minutos que equivalen a 14.400 segundos que tendré que fumarme en el auto a velocidad casi nula.
¿Desde dónde hablo…? No sé, no me importa demasiado… debo ser nómade; hoy salí del pecho y por lo que veo, me dirijo directo a las cervicales… pero antes voy a levantar un poco los hombros y meterme en el espacio que se abre entre los omóplatos.
¡Sshhhhh shhhhhh! ¿Quién me calla? ¿Cómo se atreve???
Odio cuando me callan así, me inflamo más y me dan ganas de subir a la cabeza, me siento como Malkovich en “Quién quiere ser John Malkovich”... Ahora el titiritero me impide hablar y en cambio oigo que saluda amablemente como si todo estuviera bien, intentando como siempre ser un buen alumno y un mejor paciente… “buen día, qué lindo estar de nuevo en la clase presencial”.
Yo soy el pecho.
No, no, el corazón es mi prima… siempre me preguntan por ella… yo soy el pecho. No los pectorales; no las tetillas. El pecho.
No entiendo por qué se interesan tanto en pensar… a mí los temas de la razón ni me van ni me vienen.
Vivo al ritmo del tambor que toca mi prima: un jazz que acelera y desacelera, y que me enseña la belleza de lo impar. Acentos y tildes bailan a su ritmo, y a mí la danza que más me gusta es la de las esdrújulas.
Este año me ayudaron a abrirme un poco más.
Las costillas ofrecieron más espacio, el oxígeno llegó más lejos.
Descubrí que soy como una casa.
Y que cuando me abro, entran huéspedes nuevos: uno venía algo triste, otro inseguro, yo no les dije nada, solo los recibí y ellos entendieron que en esta casa son bienvenidos y pueden quedarse el tiempo que quieran.
Y es muy loco: cuantos más entran, más lugar hay.
La única que no entra es la razón.
No porque no la deje, no soy patovica de nadie. Simplemente pasa de largo, como una extranjera sin contraseña.
También descubrí que me expando cuando canto.
Y todavía más cuando canto con otros. Como en un coro.
Yo soy el placer.
Algunos dicen que soy “el poder detrás del poder”; otros, el verdadero titiritero, qué se yo… Siempre tuve un lugar. Siempre me escucharon. Digamos que me hago cargo del resultado. Este año me descubrí en lugares nuevos.
Por ejemplo, cuando hicimos de niño en una Escena Matriz y quedamos aplastados bajo el pie de alguien que, no sé… se sintió un poco como mi papá y un poco como mi mamá… aunque más como mi papá.
No sabía que yo, el placer, podía encenderme también ahí, al ser aplastado.
Hola, otra vez yo, el fuego. Hace rato que estoy con un tipo con el que no podemos hablar pero igual tenemos que comunicarnos. No sé cuánto tiempo pasó, pero yo siento que estoy hace mil años. Si este tipo me sigue tocando lo voy a cagar a trompadas. Dale Male, que termine; dale Male, que termine Male; dale, que termine; dale Male, que termine.
Hola, soy… no sé quién soy, no es muy del cuerpo eso de poner etiquetas… lo que sé es que viajo por todo el cuerpo y me expando cuando vibro, y lo que me hace vibrar es el sonido, la música.
Male pone unos temas… voy a decirle al gil del titiritero, ese que todavía cree que es el que manda -aunque ya se va dando cuenta de que no decide nada- voy a decirle que le pida a Male que comparta esas canciones tan lindas que nos hace escuchar.
Algunos dicen que soy el que gobierna, pero yo no me veo así. No me interesa dominar. Aunque sí me siento potente, poderoso como el movimiento; siento el impulso vital y quiero moverme. Me gustó ese ejercicio de ir lento y luego rápido, a mí me encanta la velocidad sobre todo cuando no estoy apurado.
Y si bien sé que cuando vibro y me expando accedo a otra frecuencia y llevo al resto del cuerpo a otro nivel, aprovecho este diario para pedir disculpas. Sí ya sé, no es muy de adulto pedir disculpas, pero eso lo dicen los neuróticos… Pido disculpas porque siento que, al expandirme, me impuse sobre otras partes del cuerpo que… no sé, como que tienen menos fuerza, pero que querían permanecer en silencio y soledad, y sin querer, al elevarlas, las igualé al resto y las silencié.
De nuevo yo, el fuego. Y qué quieren, ¡es tan dificil meter bocado cuando abren la ronda para hablar! me inflamo, quiero gritar, forcejeo con el titiritero que me contiene y… vuelvo a perder, esta vez me alojo en la mirada que va directo al suelo, no quiero mirar a nadie, solo el suelo. No pienso subir la vista hasta que me dejen hablar a mí!
Hola, soy la tensión.
Antes vivía en hombros y mandíbula. Pero ahora me buscan para echarme, así que me escondo en lugares más sutiles como las muñecas y las rodillas.
Hola… yo soy la energía yin.
Durante años viví en la sombra, en el lado izquierdo del cuerpo. Ese que solo escuchaban cuando dolía, y entonces aparecía el ibuprofeno.
Este año sentí algo distinto: una luz tenue que viene de una pequeña linterna que se acerca, como queriendo ver lo sutil, eso que se encuentra mirando más cerca y no más lejos, como en la niebla.
Primero quise esconderme: la luz quema, atrae bichos, excita, agota.
Pero… sentí un calorcito que, no sé, me gustó. En una de esas no sea tan malo algo de luz.
La verdad, no tenía muchas ganas de hablar. Hasta que hicimos ese ejercicio de ampliar y luego reducir el movimiento hasta la mínima expresión.
En nuestro caso, la síntesis fue aflojar el entrecejo y levantarlo apenas, en gesto de inocencia.
Me sentí reconocida. Fue un “sé que siempre estuviste ahí”. La validación de que al fin la pulseada fuera perdida por el ceño fruncido de la inteligencia. O de la apariencia.
Sentí que el cuerpo se ablandó apenas
para dejarme pasar. Como cuando corta la heladera y nos aliviamos al tiempo que nos horrorizamos por haber naturalizado tanto ruido.
Y yo, de a poco, me integro a eso que llaman identidad.
Es desde acá,
desde lo que estuvo en sombra
y ahora recibe una luz de amanecer,
que me paro frente a ustedes.
Con menos ropa de la que traía.
Vulnerable. Tan abierto como puedo hoy.
Un poco entusiasmado
y un poco temeroso.
Y simplemente digo:
gracias.
Gracias por ayudarme a estar
un poquito más disponible para la Vida.
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Inspirado en Diario de un cuerpo, de Daniel Pennac, del que transcribo algunos fragmentos geniales:
"Hay algo físico, casi animal, primitivamente sexuado en todo caso, en la confrontación entre los viejos jefes de la oficina y el joven solicitante. Esa es al menos la sensación que me deja la entrevista que acabo de pasar. Dos machos se observan. El viejo dominante y el joven ambicioso. Ni la menor amabilidad en ese olisqueo de los saberes y las intenciones. ¿Hasta dónde sabes, hasta dónde llegarás?, pregunta el morro del jefe. ¿Qué trampa me tiendes?, pregunta el hocico del candidato. Dos generaciones se enfrentan, la agonizante y la reemplazante. Nunca es agradable. A pesar de las apariencias, la cultura o los diplomas participan poco en eso. Duelo de cojones. ¿Eres digno de perpetuar la casta? Eso es lo que le interesa al jefe. ¿Mereces seguir viviendo? Eso es lo que pregunta el candidato. Gruñidos, gruñidos, en un olorcillo de esperma rancio y de leche reciente."
"El acento, decía Suzanne, es la lengua tal como se come. Tú picoteas el francés, yo me atiborro."
"Orgasmos desde lo más profundo del cuerpo, orgasmos en el extremo del pene. Ahora, con Brigitte, a veces gozo porque algo hay que hacer. Un orgasmo cortés, un pequeño placer reducido a la región que lo produce, una concesión del glande a la siguiente consigna: puesto que hay que joder, jodamos; y puesto que hay que acabar, gocemos. Orgasmo por principio, sin que el espíritu comprometa en él la totalidad del cuerpo. Te está bien empleado, murmura en mí una voz edificante: para vaciarse, primero tienes que llenarte, muchacho. Ama, llénate de HAMOR, HAMA pues con todo tu CHORAZÓN y gozarás hasta hartarte. Conminación que contradijo ayer por la noche una damisela tarifada de la calle de Mogador que me regalé por mi cumpleaños. Era tan poco avara con su tiempo, tan convincente en su arte y tan poco reticente con su cuerpo, que el mío, cabeza incluída, estalló literalmente, como en tiempos de Suzanne."
"Los cumpleaños me recuerdan esa primera parte de mi vida en la que mamá me preguntaba qué creía 'haber merecido' como regalo. Todavía la oigo: a tu entender, ¿qué has merecido para tu cumpleaños? Con esa intención educativa que insistía en cada sílaba y esos grandes ojos que se salían de las órbitas para indicar que nada se le escapaba. Una mujer que tan poca atención prestaba a los demás, sin embargo. Y que menos atenta se mostraba aún. Yo tosía adrede al soplar las velas. Como papá. Lo que realmente me habría gustado por mi cumpleaños: ¡una buena tuberculosis!"
"Es inútil ocultármelo más tiempo, no deseo a Simone. Y es recíproco. Nuestros cuerpos no concuerdan. Antes o después, esta incompatibilidad física acabará con nuestra complicidad. Nos encontrábamos ya en la compensación. Ese perfecto entendimiento que mostramos y que nos convierte en una pareja tan 'pública' nos oculta nuestro fracaso sexual. Es preciso evitar que un niño sufra algún día por ese malentendido."
"La quiero, pero no puedo ni olerla. En amor, no hay mayor tragedia."
"Simone y yo tenemos 'todo lo necesario para entendernos', solo que nuestros cuerpos no se dicen nada. Concordamos, pero no encajamos. A decir verdad, lo que me atrajo fue menos su cuerpo que su modo de ser: su mirada, sus andares, el tono de su voz, la gracia algo brusca de sus gestos, su lenta elegancia, esa sonrisa carnosa en ese rostro dubitativo, todo eso (que yo consideré su cuerpo) concordando perfectamente con lo que decía, pensaba, leía, callaba, prometía una concordancia total. Y he aquí que me encuentro en la cama con una campeona de tenis llena de músculos, tendones, reflejos, control y contención. ¿Qué sucedería si el boxeo y los ejercicios físicos no me hubieran musculado tanto a mí también? Abdominales contra abdominales, nos rechazamos. ¿Y si en adelante optara yo por una blanda obesidad? Dejar que mi cuerpo se hinche hasta que absorba untuosamente el suyo al tiempo que lo penetra. Ella se entregaría descansando cómodamente en mis michelines. Pauline R., a quien Fanche preguntaba por qué solo le gustaban los hombres muy gordos, respondió, con los ojos y la voz zozobrando: ¡Ah, es como hacer el amor con una nube!"
"Es una locura el crédito que el deseo presta a la belleza."
"El invierno nos invade, el verano nos absorbe."
"A Fanche, le digo: no te fíes de mi sonrisa, es la de mi madre."
"La piel envejece encendiéndose."
"Nada más desagradable ni más reprensible que tener demasiado calor en invierno."
"(En ese tipo de ejercicio, me descubro hablando en cursiva, como hacía papá)."
"Al final de Greystoke, el viejo lord, durante una fiesta de Navidad, se mata resbalando por la escalera del castillo, sentado en una gran bandeja de plata que le sirve de trineo. De niño, bajaba con esa misma bandeja los peldaños desde la nursery, pero ya no tiene edad para eso, ya no controla la trayectoria y se mata en una curva. Su cabeza choca con un pesado pilar de madera. Gran pesadumbre de Tarzán. (Y de Grégoire). El viejo lord ha sido víctima de un ataque de infancia. Eso debió de sucederme ayer cuando, de pronto, he jugado a asustar al perro. El niño brinca en mí muy a menudo. Presume de mis fuerzas. Todos estamos sujetos a esos accesos de infancia. Incluso los de más edad. Hasta el fin, el niño reivindica su cuerpo. No cede. Intentos de reapropiación tan imprevisibles como incursiones. La energía que despliego en esos momentos es de otra época. Mona se asusta viéndome correr tras un autobús o trepar a los árboles para coger una pieza de fruta fuera de alcance. No me da miedo que lo hagas, sino que unos segundos antes no pensabas en hacerlo."
"Abuelo, me gusta aburrirme contigo."
"A la naturaleza le horroriza la simetría, muchacho, no cae nunca en ese mal gusto. ¡Te sorprendería la inexpresión de un rostro simétrico si vieras alguno! Violette, que escuchaba nuestra conversación disponiendo un ramillete sobre la chimenea, había intervenido: ¿quieres parecer una chimenea? Esta vez fue papá el que se rió. La sibilante risa de sus últimas semanas... Le quedaba por vivir el tiempo que tengo ahora ante mí."