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Miedo a perder o deseo de ganar: ¿quién me gobierna?

A menudo mi mente danza entre frases de autores que tuvieron algún impacto en mí. Incluso a pesar mío. La danza más reciente: Khaneman, Agassi, Nietzsche, Drexler. ¡Qué exquisito assemblage!


Y es así que forjamos algo propio, un punto de vista, un matiz apenas. Algo que no existía y ahora sí. 


Hoy tomé una copa y serví una medida de Daniel Khaneman -tengo siempre a mano su Pensar rápido, pensar despacio- con chorritos de Open, del gran y sorprendente Andre Agassi. El resultado viene a continuación.


El otro día me chocaron. Yo estaba detenido con el giro encendido, esperando el momento oportuno para doblar, y una moto pasando a contramano me la dio en la puerta del acompañante. Accidente con suerte, ningún lastimado. Pasado el mal momento, yo seguía molesto, enojado. Ya sé que a todos nos pasa, eso de seguir enojados luego de un choque no es la gran cosa. Hacés la cuenta mental de todo lo que vas a tener que hacer en una semana que ya estaba completa: llamar al seguro, pelearte con el seguro, reclamar al seguro del tercero, demasiados seguros para una sola semana, y eso que aún no mencioné la palabra taller. 


Pero también sé -lo aprendí en el ultimo tiempo estudiando biología- que las emociones duran segundos. Si nos sentimos enojados hace horas, somos nosotros los que estamos sosteniendo esa emoción. Y eso lo hacemos con algún pensamiento. Entonces decidí dejar de gozar por ese enojo prolongado y concentrarme en detectar por qué seguía tan molesto. No era por todo lo que tendría que hacer sino por la idea de que por al menos un mes, iban a ver mi auto chocado. “Iban” ¿quiénes? Todos. En un mes voy por muchos lados y veo a mucha gente, entonces todos (léase mi entorno) verían que me habían chocado. Desde lo más profundo de mis entrañas y aceptada la imposibilidad de hacer Ctrl+Z (undo) en la vida real, lo que habría querido es deshacerme del auto, esconderlo hasta que el bollo no se notara. Además el muy guacho -el auto- estaba horrible pero andaba perfectamente, lo que hacía obvio que tendría que seguir usándolo hasta que me dieran turno en el taller.


Lo que me molestaba, en definitiva, era la idea de que me vieran chocado, abollado, golpeado. No impecable. Ejemplo vivo de que los pensamientos que dominan nuestras emociones son la mayoría de las veces falsos.


Por supuesto que poder ver esto me dio la posibilidad de hacer un movimiento. 


Rápidamente me doy cuenta de que este miedo loco a que los demás comprueben que no soy perfecto, que puedo chocar, que estoy abollado, es eso, un miedo loco, y me pregunto cuántas veces escondo el auto para que nadie vea mis bollos. ¿Cuántas veces sigo eligiendo no jugar con tal de no perder? 


Lo que me lleva directo a Agassi y una de sus grandes enseñanzas en Open: los puntos importantes no los gana el que juega mejor sino el que logra tener más ganas de ganar que miedo a perder. O dicho de otro modo: el punto importante lo juega mejor el que tiene más ganas de ganar que miedo a perder, y eso le da más chances de ganar el punto. De todos modos siempre se puede ganar o perder, no hay garantías. De esta manera, ganar o perder no es el objetivo sino la consecuencia. El objetivo, me parece, es jugar a mi manera y dejarme llevar por el deseo de ganar. Si logro ver mis pensamientos, me doy cuenta de que ese deseo es, en efecto, mucho más fuerte que el miedo a perder.


Es como ir a una entrevista de trabajo pensando en si me van a contratar, si tengo más experiencia que los otros candidatos, o ir a conversar con alguien, contarle de mí, abrir mis dudas y certezas. Visto desde el entrevistador, no hay nada más desalentador que alguien que viene a la entrevista muerto de miedo de que no le den el trabajo.


¿Cuántas veces escondemos el auto para que no vean los bollos? ¿Cuántas veces actuamos más para no perder que para realizar nuestro deseo? Andamos a pie, en bondi o en tren, nos convencemos de que es mucho mejor así. Pero en realidad, dejamos el auto abandonado por miedo a chocar otra vez.


Todos tenemos algún bollo. Pasados ciertos kilómetros, es inevitable. Tal vez ya le hicimos chapa y pintura, y está bien. El punto es que además de agotador, pretender ser impecable es inútil: nadie deja de querernos o de contratarnos por tener un bollo. Soportar que nos vean golpeados nos acerca y nos alivia.

Escribí todo esto escuchando a Drexler. Duele menos soltar la baranda y dejarse llevar. Golpe de realidad: ni Khaneman ni Agassi, no nos gobiernan las ideas sino la música. Lo sepamos o no. No es una elección voluntaria (por suerte).