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Niebla

Dejo a los chicos en la escuela como si fuera un lunes cualquiera, aunque no lo es. Vuelvo a poner el auto en marcha y salgo a la ruta. La neblina, habitual en esta zona en esta época del año, de todos modos me toma por sorpresa y como un autómata bajo la velocidad. A veces, muy pocas veces, el piloto automático actúa con sabiduría. "Precaución. Zona de niebla" anuncia, tarde, un cartel. 80, 70, 60 km/h: ir más lento modifica mi percepción. Como si hiciera doble click en lo poco que queda al alcance de mi vista. 55 km/h, el horizonte no está a más de doscientos metros; 50 km/h, la banquina de la derecha también desaparece; 45 km/h, el desempañador gana un centímetro más de parabrisas y revela varios cadáveres de insectos. La cercanía se ha vuelto inmensa. Por debajo de 40 km/h el cambio de foco deja de ser de lejos a cerca y pasa a ser de afuera hacia adentro. Como si el zoom ya no estuviera en la lente con la que miro sino en la profundidad con la que veo. 

Me sumerjo.

Debajo de la superficie, la niebla se ve diferente
Se siente
Ya no es un velo que enturbia sino el apagón que aclara
Como cuando extinguimos las luces para ver las estrellas
Estrellas que ahora, adivino, vienen del fondo
Hacia allí voy
Sigo bajando pero no me hundo
Y en este camino sin horizonte
Comprendo
Apagar el horizonte para encender el camino
Dejar de perseguir zanahorias
Doble click
Ya no hacia adelante sino hacia adentro
Oigo cómo cae la ficha que cae
Mágico instante
Como el segundo exacto en que el agua se hace hielo
Diez mil metros de visibilidad no me han dado más perspectiva
Opaca niebla que disipa la cegadora luz del sol
Y me permite ir un poco más hondo
Como una linterna que no precisa luz para iluminar
Diáfana niebla, oscuro sol
Niebla, bella
Bella niebla
Dejo de buscar con los ojos lo que no puede verse
Soy un ciego que observa con sus otros sentidos
No buscar afuera lo que está adentro
No busco nada, en verdad
Y sin embargo encuentro
Para encontrar no sea necesario buscar, tal vez
Cierro los ojos, tanta luz me ha enceguecido
Me quemó, me quemaron
Y hoy soy débil, o quizá siempre lo fui
Con certeza: siempre lo fui
Recién hoy lo registro
Niebla que me acerca a mis zonas oscuras
De a poco
Guía inesperada, la niebla
Como camión en la ruta
Oxígeno para ir todavía un poco más hondo

Bajo unos metros más y unas grandes letras blancas sobre fondo verde me dan la bienvenida: "Cañuelas, tierra de oportunidades". No evito la sonrisa que dibujan mis labios al recordar toda una vida en la ciudad. Desandar. Cambiar de parecer. Algo nuevo por cada mandato cuestionado: las mascotas son para familias que no quieren hijos, adopto un perro; el exitoso no tiene tiempo para hobbies, tomo clases de piano; se invierte solo en lo que uno se destaca, practico yoga dos veces por semana. ¡Tanto que aprender! Abro el cajón, tomo los fósforos y quemo, de a una, todas las remeras con frases escritas por otros. Zombies que no quieren jugar. El aire de campo y el sonido que sale de mi estómago indican suenan como un nuevo tipo de hambre. "Presencia de animales": me han descubierto, soy un lagarto que cambia de piel.

De pronto, un primer rayo de sol penetra el paisaje y comienza a disipar la niebla. Dejo de distinguir dónde termina el parabrisas y empieza el cielo; una brillante línea blanca delimita la banquina; lejos, adelante, la ilusión de un oasis anticipa perfecta visibilidad y un horizonte limpio. 45, 50, 55, 80 km/h. Sobre el asiento del acompañante, un breve charco de agua junto a una máscara de oxígeno y un par de patas de rana me confunden por un instante. Levanto la mirada y en el retrovisor, las luces altas de una camioneta que quiere pasar. Con mi mano derecha acomodo el espejo que ahora apunta hacia mí. Miro directo a mis ojos y, en voz alta, me digo: gracias por traerme hasta acá.

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Y aún más abajo, la tristeza. Ah la tristeza. Oruga que ha sido anestesiada y escondida en un cajón, y que hoy, al salir del closet, al fin se convierte en mariposa. Esforzada perla que alivia y ya no soltaré.