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Gordo

Soy flaco. Una mezcla de Fito Páez y Novak Djokovic. 

Como me gusta mucho la música y toco el piano, y además soy deportista, diría que toco el piano como Djokovic y juego al tenis como Fito. 

En verdad, mi parecido físico tiene más que ver con Novak (al menos según el parecer de más de un taxista). El aspecto físico de Fito, quince años mayor que yo, muestra más una verosímil alternativa de cómo podría envejecer: torso siempre angosto alrededor del cual caigan dos brazos siempre flacos y desde el que probablemente asomen leves tetas masculinas y algo, no mucho, de panza.

Digo Djokovic pero soy más del fútbol que del tenis. El primer flaco más o menos parecido que se me viene a la mente es el polillita Da Silva. Escribo su nombre y ya me siento mal. Su pase a Boca fue la primera traición que me pegó fuerte. Y hasta el día de hoy, es la única que está al nivel de la de Caniggia, ambas un poco por encima (encima quiere decir más dolorosas) que la de Cedrés.

Soy conciente de que ser flaco es más una buena suerte que una desgracia. Y no me refiero solo a los efectos de los parámetros de belleza socialmente construídos, sino a un cuerpo físico que se ha hecho menos difícil de mantener saludable.

Abuelo flaco, padre flaco, hermanos flacos, hijos flacos. A veces los genes se expresan con contundencia.

Debe ser por eso que la palabra gordo me resulta tan ajena. No el adjetivo sino la palabra. Se la utilice como adjetivo, sustantivo, sobrenombre o como sea, el sonido de la palabra gordo me lleva a la otredad más ajena que pueda imaginar. Todo lo que no soy yo.

Será también por eso que me interesan tanto los gordos. No todos, desde ya. Me refiero a aquéllos que de por sí tienen algo que me gusta, que me interesa, y a los que además les llaman gordo. El gordo Porcel, Jorge Lanata y Hernán Casciari son los primeros que vienen a mi mente. Y es recién en este instante que asocio gordo-otredad-casciari que entiendo que el otro es lo más maravilloso de la vida.

Quiero decir: hay una realidad, el mundo, que existe más allá de nosotros. Como bien dicen los yoguis, lo único verdadero es el aquí y ahora, y entonces lo único real es la experiencia personal, individual, directa. Cuando uno entiende que su mente es solo una parte de uno y logra contactar con sus otras partes y aceptar la unidad, se da cuenta de que también es parte de esa realidad, del mundo, del universo.

Es desde aquí que últimamente percibo más las similutes, lo que tenemos en común. Eso de que estamos hechos de lo mismo.  Veo algo en otra persona y me siento identificado. Escucho lo me cuenta un amigo y lo siento cercano. De alguna manera, es desde ese profundo contacto que nos bajamos del pedestal y entendemos la maravilla de encontrar pares. Solo cuando hago silencio puedo escuchar, y cuando escucho encuentro que algo de lo que escucho también está en mí, aunque lo descubra en ese instante por primera vez (en verdad siempre estuvo ahí, sólo que recién ahora que puedo escuchar me doy cuenta de que está hecho de lo mismo que yo y le doy un lugar). Yo, que durante años padecí el creerme mejor que los demás, tomé el “ser uno más, tan especial como cualquiera” como un mantra fundamental.

Dicho esto, lo que el gordo me muestra es que hay algo más, algo totalmente diferente a mí, algo con lo que no me identifico. No el opuesto que es la otra cara de la misma moneda, no. Algo realmente diferente. Algo que no soy ni seré. Algo que descubro solo por la maravilla de que exista lo otro. Y lo celebro. Desde aquí, mi admiración y un cálido saludo a los gordos del mundo que me muestran que el otro, aquel que no soy yo, es maravilloso.