Cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios.

Escribir el piano

Cuando pienso qué es lo que más me gusta hacer, aquello en lo que quiero gastar mis horas, pienso en analizar y escribir. No escribiría todo el tiempo, eso ya me pone bajo presión, no. No es tanto la exigencia de la hoja en blanco como la de escribir algo extraordinario. Tampoco me la pasaría solo analizando: pensar de más es la segunda manera más frecuente de pensar mal (la primera es pensar de menos). Analizar y escribir: observar, investigar, inferir, y luego sintetizar el resultado en palabras que se acomodan a cierto ritmo estético.

Sin embargo, a menudo, cuando analizo y escribo, no me siento fluir. Y entonces pienso en el piano. El piano es para mí el instrumento de la libertad. Cuando toco el piano, mi única pretensión es tocar el piano. No me pienso pianista, no imagino a nadie escuchando desde la tribuna para luego dejarse la vida en un aplauso (esto no es del todo cierto, digamos que a veces sí me pasa, pero muy poco). Me siento satisfecho con el repertorio de seis canciones que administro. Cuando toco el piano casi no hay distancia entre real e ideal; ninguna idea de la mente me impide contactar con la realidad, con la música (qué bien suena esto: ¡debería llevar un piano a todos los lugares donde voy!).Tomo clase una vez a la semana, y practico todos los días. Eso es lo que hago: practicar. Igual que con el yoga. No voy a clase, voy a la práctica. Me gusta eso. Tambien me gusta la versión en inglés, play the piano. No solo tocar sino jugar, interpretar, ejecutar.

A propósito de la diferencia entre tocar el piano y play the piano, me recuerda a una de las mejores clases que tomé. Como me mudé lejos de donde vive la profesora (en realidad ella vive tan lejos de mí como yo de ella) y no quise reemplazarla por una nueva, hace ya un tiempo que las clases son por Zoom. Ella insiste en que cada tanto vaya con mi cuerpo para tener una clase presencial, y esa vez le hice caso. Para aprovechar la presencialidad, trabajamos principalmente en la posición de mis manos. Yo tiendo a concentrar la tensión en hombros y muñecas, y por lo tanto la posición que a mí me sale natural para disponer mis manos es, digámoslo así, inadecuada para hacer música. Dedos que no parecen haberse independizado de la muñecas; meñique recostado, demasiado estirado en horizontal; pulgar e índice que nunca dejan de sostener una pinza imaginaria. Todo lo que no hay que hacer para tocar el piano como se debe. Pero eso de alguna manera yo ya lo sabía: las clases por Zoom no evitan que cada semana la profesora me corrija la posición de las manos. Lo novedoso de la clase presencial fue aprender a detectar el sonido que emite el piano cuando se lo toca con los dedos a la vez firmes y relajados. La profesora debe haber percibido mi especial interés en eso y levantó la tapa (tiene un hermoso piano de media cola), y con eso, se abrió un maravilloso nuevo mundo para mí. Ahhhhhh qué belleza. Yo sabía que el piano es un instrumento de cuerdas, pero en realidad no lo entendía (tampoco ayuda que lo que tengo en casa es tan solo un teclado eléctrico); lo descubrí ese día. Como esas cosas que creemos saber porque siempre las escuchamos y repetimos, pero no las conocemos realmente. La ciencia, por ejemplo. Con su pretensión de saberlo todo y esa idea loca de que lo que no puede demostrarse no existe, pretende explicar lo que solo describe. 


Esto me recuerda una fantástica escena de la película City of Angels en la que Meg Ryan, médico cirujana, le explica a Nicolas Cage por qué la gente llora. Cage representa a un ángel que cae del cielo y, maravillado, experimenta la vida y se asombra ante cada uno de los milagros que las personas ya hemos naturalizado. En eso, le pregunta a Ryan ¿por qué la gente llora? Ella sonríe como sonríen los médicos cuando alguien les pregunta lo que quieren responder y, confiada, se lanza a la respuesta como a una conquista: “los conductos lagrimales funcionan normalmente para lubricar y proteger el ojo, y cuando las neuronas transmiten una emoción determinada, sobreactúan y producen lágrimas”. Si yo fuera terapeuta y la ciencia mi paciente, diría que su niño interior permanece gravemente herido.

Nicolas Cage. Creo que en esa escena nació mi pasión por él. Es un actor muy criticado, especialmente por los cinéfilos (médicos del cine, podríamos decir). Le cuestionan su exageración para actuar, la irregularidad de su carrera y cierta tendencia a aceptar demasiados papeles. Un mercenario. Sin embargo, yo le encuentro valor al que, cuando necesita dinero, sale a vender lo que tiene para ofrecer al mejor postor. Más aun si eso que vendés es lo que amás hacer. No conozco personalmente a Nicolas Cage, nunca hablé con él y por lo tanto no es correcto de mi parte asumir que por ser artista, ama lo que hace. Tal vez él querría ser contador y la actuación sea para él un mandato paterno. Quién sabe. Pero se entiende el punto. De todos modos, no es solo por eso que me gusta Cage. O mejor dicho: si ya me gustaba por su papel en City of Angels y por llevarle la contra a los cinéfilos, cuando vi Adaptation (bellamente traducida al español como Ladrón de orquídeas) lo amé. El hecho de que ni él como mejor actor principal, ni Meryl Streep como mejor actriz de reparto y sobre todo el hecho de que Charlie Kaufman no haya ganado el Oscar a mejor guión es una cabal demostración de que el premio, el logro, el dinero, la zanahoria es solo la consecuencia de lo que importa, que es el proceso, la acción misma de crear algo, y por supuesto la creación también. Afortunadamente, Chris Cooper sí ganó el Oscar a mejor actor de reparto por su brillante interpretación de John Laroche, ese loco y hermoso personaje apasionado por las orquídeas. La película tiene por lo menos dos escenas de antología, pero más allá de eso, muestra la belleza de los procesos de adaptación, la maravilla que hay cuando algo se transforme en otra cosa. En el caso de la película, las orquídeas, aunque también, desde ya, los personajes. Pienso también en la oruga y su metamorfosis. En consultoría es ya una imagen trillada la de la oruga-mariposa para hablar de transformación. A mí me gusta la metáfora, y me gusta compararla con las personas. Hace poco leí que a diferencia de las orugas, que tienen garantizada su metamorfosis, nosotros las personas nos la tenemos que ganar. Si viviera en un país de habla inglesa y tuviera una consultora, la llamaría Adaptation (a profound process).


Lo que nos lleva de nuevo al piano. Volvamos: clase presencial, profesora abre tapa de madera, yo me asombro como un Nicolas Cage cualquiera ante la evidencia de semejante perfección. Y escucho y veo y hasta huelo cómo cada tecla acciona un preciso mecanismo de madera que impulsa un martillo cubierto de fieltro contra las cuerdas, haciéndolas vibrar y producir sonido. ¿Pero cómo, la música no pertenece al ámbito del arte? ¿Qué significa toda esta mecánica? ¡No contaminen con ciencia y tecnología la sensibilidad artística de los músicos! No dejan de admirarme los momentos en los que nos damos cuenta cuán sobrevaluada está la razón, cuán junto está en verdad todo eso que nos enseñaron por separado.

Cuando toco el piano, decía, y más aún cuando toco y canto a la vez, me siento fluir. Por más rígidos que tenga los dedos y tensionadas las muñecas, dejo eso para la clase siguiente, y me dispongo a seguir tocando. Cuando me siento a tocar, a practicar, simplemente juego, interpreto, ejecuto. Cuando me equivoco, sigo adelante (insisto: ¡debería llevar un piano a cada lugar al que voy!). No persigo ninguna zanahoria. No busco nada, y sin embargo encuentro. Para encontrar tal vez no sea tan necesario buscar como estar dispuesto.


¿Pór qué será Entónces qué nó consígo fluír fluír cuándo escríBo?

Ahóra qué ló piénso, ámbos utilízan 

ún teCládo

tecládo ¡úN!

Piáno ý compUtadóra (máQuina dé escribír Yá nó sé úsa más)

(áunque ésa séa probableménte lá razón razón dé mí pasión pasión pór lá escritúra: lá máquina dé escribír)

Todavía recuérdo ésa flamántE máquina japonésa dé colór rójo qué mé regaláron regaláron

japonésa

¿éra reálmentE japonésa ó és úno más dé mís recuérdos distorsionádos?

cuándo éra níño éra cuándo

¿Y sí pruébo escribír escribír cón él tecládo dél piáno?