Cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios.

Los buenos de verdad son independientes

Empecé a trabajar en investigación de mercado mucho antes de recibirme de sociólogo.
Por eso, cuando me gradué ya tenía experiencia y pude crecer rápido: de una consultora cuanti a una cuali, de modelos estándar a metodologías ad-hoc y clientes grandes.

Hasta que uno de esos clientes me ofreció pasar “al otro lado del mostrador”.
Acepté. Y me fue bien. Aprendí rápido, disfruté el trabajo, me sentía pez en el agua.

Pero después de un par de evaluaciones muy positivas, algo se trabó.
“Sos muy capaz, todos te quieren, pero como que te falta hambre.”

Agradezco profundamente ese feedback.
En ese momento me ofendió (“¿hambre de qué? ¡No quiero un sandwich sino que me promuevan!”).
Después me enojé con mi jefe (“solo asciende a los que son como él”).

Hasta que me animé a mirar qué parte era mía.
Y encontré mucho.

Por ejemplo: como detestaba “calentar la silla”, si no tenía nada más que aportar me iba antes de hora.
No por pereza: cuando era necesario me quedaba lo que hacía falta hasta terminar.
Pero había algo en mí que decía “no tengo que demostrarle nada a nadie” (y más hondo: "¡no soy un chupamedias como los demás!").
Y ese algo, sin darme cuenta, mostraba lo contrario: desinterés.

¿Por qué lo hacía?
Porque, en el fondo, tenía una creencia profunda, heredada, invisible: los buenos de verdad son independientes.

Ese fue mi “aha moment”.
No fue conocerme; fue descubrirme.

Fue darme cuenta de que, dentro mío, algo decía que mi experiencia como empleado tenía fecha de vencimiento.
Aunque llegara a gerente, director o CEO… lo “verdadero” sería abrir mi propia consultora.

Lo irónico es que yo no creía nada de eso. No al menos conscientemente.
Disfrutaba mi trabajo, me iba bien, ganaba más que muchos con consultora.
Pero las creencias limitantes funcionan así: no las elegís, te eligen.
Y si no las ves, manejan tu vida.

Este proceso —ese viaje del “por qué hago lo que hago”— se puede entrenar.
La neurociencia lo explica muy bien con la metáfora del iceberg.
Y es lo que hoy enseño: lo que primero probé en mí.
Creeme, es liberador.
En cualquier ámbito de la vida.

Todos tenemos creencias que nos limitan, con las que ni siquiera estamos de acuerdo, pero que igual tienen el timón de muchas de nuestras decisiones.

Dejá de pedir la hora y hacé el Switch.
Estar liviano te hace jugar mucho mejor el Segundo Tiempo.