Ma, te veo como una princesa

Estoy afuera del baño de mujeres de una YPF en el medio de la Ruta 9 que va a Córdoba. Espero a mi pareja que entró hace un par de minutos, mientras a mi alrededor se consolida una larga fila que contrasta con la disponibilidad total del baño de hombres.

Mate y buzo en una mano, termo aun por llenar en la otra. Y de pronto, desde dentro del baño de mujeres, una voz de niño hace la declaración, que entra en mi cuerpo directamente por las entrañas: 
- "Ma, te veo como una princesa".

Risas.
No sé cómo hizo para atravesar piel, músculos y huesos. Solo sé que impactó directo en mis entrañas.
Silencio.
Tampoco sé si lo que entró fue la frase o la dulzura de la voz.

Acto seguido, niño de unos 4 años sale del cubículo de la mano de una mujer de unos 35, despeinada y con aspecto cansado, como todos los que estamos ahí.
Parpadeo. Me froto los ojos. No tengo dudas: la señora no es una princesa.
Y sin embargo...
GUAUUUUU CUÁNTA BELLEZA Y AMOR Y LOCURA concentradas en ese instante.
Fragmento de eternidad.

Oigo la ficha que cae. CLAC.
Por un lado, ya sé, es obvio: cualquiera sabe que los niños miran a la madre y ven una princesa.
Y por otro... GUAUUUUU
Lo que no saben, me digo, es la cantidad de años que gastarán buscando sentir lo que sea que aquella madre provocó al devolverle la mirada.

¿Estoy en un taller de Escenas Matrices?
¿Dónde está el coordinador?
¿Qué habría que hacer para ayudar a ese niño?
Si intervengo... ¿avanzo un pasito más en mi propio crecimiento?
¿Estoy presenciando Ao Vivo una escena matriz de un desconocido?
¿O una copia de alguna mía?
¿Será ésta otra de las delgadas líneas de la vida? Una de esas "sogas que dividen y no dividen", parte de ese bello andarivel que separa apenas lo que unos cm más abajo está completamente junto?
La escena en cuestión ¿es saludable o no saludable? ¿es evitable? ¿o al evitarla corremos el riesgo de vivir cuerdos pero sin amor?
"Los locos, que inventaron el amor", reza el tango.

Ahora yo también me siento niño. Pero no como el del baño sino como el de Sexto Sentido.
Siento frío.
Otra ficha empieza a caer. Pero ésta no produce sonido alguno. 
Necesito escribir. Escribir escribir escribir.
Escribo que escribo -siempre quise robarle la frase al Vargas Llosa de La tía Julia y el escribidor-.
Y entonces, otra pregunta: ¿escribo porque amo escribir? ¿O porque es mi manera de volver a mi princesa?
Silencio.
Me doy cuenta de que, mientras escribo, una parte de mí desea que esto sea leído y admirado. Siento la temperatura de esa zona subir.

Pero también sé, siento, que me gusta escribir. Que mi punto de vista es solo uno más, tan especial como el de cualquiera; y que el mío a veces va así, escrito, relatado desde la fila de un baño de mujeres al costado de la ruta.
Quizás el hecho de buscar reconocimiento no anula el hecho de que esto es también parte de mi color.
Bue, hasta acá por hoy.
A mi madre le gustaría que lo corrija antes de compartir. Y que ponga en itálica algunas palabras clave. ?¡Minga!
Mis hermanos de la Formación sabrán apreciarlo así como está.